“El aguador de la Mancha” es uno de esos murales que resumen muy bien quién soy y de dónde vengo. Está pintado en el depósito de agua de mi pueblo, a varios metros de altura, y convierte una infraestructura técnica en un homenaje a la relación de La Mancha con el agua y el trabajo. Quería que, al entrar o salir de Quintanar, la gente viera algo propio, reconocible, no un muro anónimo.
El personaje del aguador mezcla tradición y presente: ropa de faena, gesto sereno y una manera muy concreta de sostener el cántaro, casi como si fuera parte de su cuerpo. Trabajé el rostro y las manos con mucho detalle, buscando esa mezcla de dignidad y cansancio que tienen los oficios de toda la vida.
Para mí este mural es también un agradecimiento al lugar donde crecí. Cada vez que paso por delante y lo veo desde la carretera, me recuerda por qué empecé a pintar muros.
En el vídeo que acompaña a esta ficha puede verse el tramo final del proceso: los últimos detalles del rostro y del agua, el trabajo en altura sobre el depósito y el momento de la firma. Es una manera de enseñar no solo la imagen terminada, sino también el tiempo, el esfuerzo y la precisión que hay detrás de un mural como este.